miércoles, agosto 03, 2016

El arte de la Ibiza fea


Hay tanta basura en las Pitiusas, que es imposible no tropezarse con ella en el mar, en las ciudades, en el monte o en los torrentes. Acostumbrados a que nos doren la píldora con esto de que Ibiza es muy bonita, nos negamos a mirar las toneladas de desechos que se acumulan en todas partes, excepto en las papeleras, en parte porque están siempre rebosantes y pringosas, dejadas de la mano del dios municipal.
Cuando enfocas la visión descubres con horror que Ibiza es fea y está hecha un desastre ya sin remedio, tanto en invierno como en verano. Es hermoso el paisaje en la distancia, es bonita la isla desde una foto aérea. Y en estas, que el ayuntamiento de Agustinet ha sacado su lado artístico y ha emprendido una campaña en las playas para despertar la conciencia de los visitantes. Esa conciencia, en Ibiza casi siempre con resaca.
La instalación artística consiste en dispersar por algunas zonas de la playa numerosas colillas, tetrabrics y objetos de plástico desahuciados... pero de gran tamaño. No son originales, esto ya lo hizo el arte pop, hasta el punto que a la vista de los cigarrillos pensé que solo faltaban las cerillas gigantes de Claes Oldenburg. El land-art es pionero en iniciativas que ceden el protagonismo a la Madre Tierra, hollada y desfigurada.
Ibiza fue tierra de creadores que diseñaban pinturas y esculturas, pero desde antes de la explosión de televisores y medios electrónicos. Venían marchantes de Gran Bretaña a comprar cientos de pinturas –como hizo el actor Vincent Price, entre otros– y fue la época dorada de Ibiza. Años 60 y años 70. A partir de ahí, como todo lo demás, el arte de Ibiza pareció disolverse en la marea de banalidad y espectáculo.
Veo que se anuncian rutilantes exposiciones en hoteles, restaurantes y salas efímeras. Pero tampoco aportan gran cosa. Que Julian Lennon o Paris Hilton expongan unas fotografías –sin quitarles mérito personal– tiene el mismo trazado que esta sala del Museo de Arte Contemporáneo reconvertida en tienda sofisticada de una marca comercial. Es el signo y el sino de los tiempos del espectáculo: banalidad, irrelevancia y globalización despersonalizada.
Al menos el pintor ibicenco Tur Costa ha abierto su estudio como expositor de sus fondos de arte y promotor de otras posibles iniciativas, un poco al modo de Eduard Micus. Estas ventanas al arte son un bálsamo en una isla que fue Babel, que fue un nido de creadores. Pero todo esto concluyó.

sábado, julio 30, 2016

La melancolía del éxito



Jaume Ferrer es el presidente del Consell de Formentera. Parece tener claro que Formentera no puede crecer más. Es una obviedad que a mí personalmente me mueve a la melancolía, a un desasosiego que no puede calmar ninguna medicina. Les ocurrirá lo mismo a todos aquellos que a mediados de los años 70 dijimos que Ibiza no podía seguir el modelo de Mallorca o de Benidorm, que el diario francés Le Monde bautizó como «balearización».
Entonces, como ahora, era muy difícil armonizar el deseo con la realidad. Muchos lo vieron, lo dijeron y murieron sin haber conseguido nada. No pude conocer a un hombre de gran talento como Erwin Broner, que sintió las piedras de Ibiza como si hubieran sido células de su cuerpo y la entendió como nadie de la isla. Incluso hoy, numerosos pintores de éxito le deben una gran parte de la inspiración. Broner (y unas decenas más) lanzó las señales desesperadas del naufragio inminente. Nadie escuchó.
Es evidente que un joven periodista, con más ímpetu que preparación, con más ilusiones que potencia para realizar los deseos, tampoco conseguiría nada. Pero se contó todo aquello que se pudo. Y escrito queda.
De 1972 a 2016 van 44 años, miles de piscinas y de inmuebles, kilómetros de asfalto, construidos en los parajes más hermosos de la isla. Aquí la tenemos: la Ibiza urbanizada, el fruto de nuestro vientre y de muchos errores acumulados.
Ahora es imposible gestionarla cuando se la somete a la presión actual. Las Pitiusas sufren demasiado en este grado de exposición a la máxima carga turística. Pero ya es imposible volver atrás, estos procesos son irreversibles porque solo van en una dirección única.
¿Qué podemos hacer? Incluso hoy a la vista del actual desastre, aún con los cadáveres calientes muy pocos se atreverán a decir lo que piensan: hemos crecido demasiado. Aquí no se cabe, hemos agotado los recursos de la isla y ni siquiera tenemos espacio para transformar nuestros desechos. Lo nuestro no acaba de ser un éxito, sino una prolongada agonía.

Los ibicencos no sabrán o no querrán salvarse. Solo queda una última carta, que tampoco se pondrá sobre la mesa, al menos de momento: que el Mediterráneo recupere la cordura, la paz y la lógica de la vida. Millones de turistas dejarían de venir a las Pitiusas como primera opción y nos darían un respiro. Nosotros no podemos soportar tanto ni nos lo merecemos.

miércoles, julio 27, 2016

Los pinares, a salvo de momento


No nos asustan los fuegos fatuos de nuestras entrañables festividades religiosas, las mismas que con todo descaro desprecian nuestras autoridades, a excepción de aquellos momentos rituales en que ellos toman el lugar del santo o de la Virgen y se convierten en los protagonistas. Por San Jaime, Santa María y San Ciriaco sonreíd: os estamos filmando.
Una de las servidumbres del cargo es que se debe asistir por razones de protocolo a desfiles que son un coñazo, como dijo Rajoy, y a procesiones, incluso a misas cantadas que nos hacen sudar la gota. Pero nadie les ha obligado a punta de pistola a ser alcaldes, concejales o consejeros.
Los ibicencos seguimos siendo cristianos de baja intensidad (algunos de intensa) y no nos gusta que en actos señalados vayan mal vestidos –parece que algunos de Podemos acaban de salir de una cuadra de mulas– ni que ignoren nuestras celebraciones con petulantes enfrentamientos estériles.
Los fuegos artificiales habrán iluminado a los feligreses formenteranos por San Jaime y es probable que algún fanático pagano exhiba alguna bandera de los inventados países catalanes por la febril imaginación de Joan Fuster. No existen ni han existido jamás.
Sobre los otros fuegos parece que el verano se comporta. Ibiza ya ha sufrido en su historia reciente devastadores zarpazos y muestra estas crueles cicatrices en los pinares calcinados. Salvo algunos focos, apagados casi al instante, hogaño las Pitiusas no han sufrido el embate irremediable de los incendios. Esto es casi un milagro, sabiendo la densa y frondosa capa de vegetación pinosa que recubre la superficie de ambas islas.
Queda mucho verano y mejor no mentar la soga en casa del ahorcado, pero espero que las dotaciones de vigilancia e intervención sigan con este promedio de alta eficacia en la garden city que es Ibiza y Formentera.
Cuando tenemos controladas estas chispas que se inician en el mundo rural, parece que la estupidez humana, o el infortunio o la locura no pueden descansar sin provocar accidentes en principio evitables: vehículos ardiendo, lanchas o barcos que se prenden fuego por los gases acumulados o pisos o viviendas habitadas. Llama la atención que en el campo los controlemos, pero en la ciudad no sepamos calibrar el peligro de nuestras acciones.
Y el verano va pasando. Ya solo nos queda esperar la tromba de agua que caerá en septiembre o antes.

sábado, julio 23, 2016

Ibiza: no se puede tener todo



Se pide un policía en cada punto conflictivo, pero obviando que Ibiza es toda ella un espacio conflictivo, con una enorme carga de población veraneante y unas infraestructuras que no ayudan a nadie, ni a quien se mueve ni a quien pretende quedarse quieto.
Se pide policía a la salida del colegio. O a la entrada. En los pacíficos y festivos eventos deportivos, en los parkings de coches o en la salida del garaje, porque nos han tapiado otros vehículos, en las zonas de fondeo y anclaje de yates, en las paradas de taxis y donde los taxis ya no pueden detenerse.
Jamás habíamos tenido tanta libertad ni tantos policías y, a pesar de tener un sistema educativo generosamente dotado, sacamos a la calle a individuos que necesitan de un policía al lado para poder desarrollar su vida cotidiana. Aunque claro, a la menor indicación respondemos con esto de que no somos ni queremos ser un estado policial.
No estoy muy seguro, aunque bien es verdad que uno no está muy seguro de nada. Puede que los gobernantes deban escuchar todas las opiniones, pero una vez oídas (que no escuchadas) se debe gobernar con una hoja de ruta sin caprichos ni veleidades, con mano firme y con instrucciones –para todos– claras. Nos pasa con todo. Queremos una cosa y su contraria, como estos neófitos de Podemos del colmillo retorcido, que criticaban la corrupción de la casta y ellos se están manifestando con las mismas apetencias y perversidades. Y no sirven para nada, claro, porque tienen arrancada de caballo y parada de asno. Un lunes se manifiestan contra la pista de avionetas, pero sabemos que el miércoles ya dirán que sí, es más, incluso que están enamorados de los jets privados, sobre todo si ellos pueden subirse.
El único que va cambiando de verdad es el PP, hasta el punto de perder su naturaleza. Cada vez más a la izquierda y más catalanista: Francina Armengol (no olvidemos a Pilar Costa), la separatista que preside un pacto de perdedores (o sea, los que perdieron las elecciones) presenta unas medidas fuera de toda proporción y de todo sentido y el PP permanece mudo. Solo Pericay se manifiesta con claridad, avisando de la inconstitucionalidad de las medidas de catalanización de los colegios, la sociedad, las empresas privadas. Y así seguimos. ¿Los militares? Salieron de Ibiza hace ya varios lustros. Pues no. Ahora se quiere instalar una guarnición fija de la UME en la isla. La policía local vigilará permanentemente los taxis piratas. ¿Y los normales? Lo dije hace tiempo: que Gran Bretaña nos mande sus policías y que los pague. O la Navy estadounidense.

miércoles, julio 20, 2016

Récords y recuerdos



Ya no nos caben ni nuestros lodos generados por la actividad humana. Lo saben los rincones del litoral que tienen la mala fortuna de recibir el salitre del agua desalada: alteran de tal manera el medio ambiente y las condiciones del mar que ponen en peligro cualquier señal de vida habitual.
Tenemos que pagar por todo. La propia isla no tiene capacidad de regenerarse por sí misma ni de asimilar ni de filtrar los desechos que vamos expeliendo. Seca y salada en nuestros acuíferos, cada vez con menos territorio y menos recursos, Ibiza se encuentra ante una gran encrucijada: ¿ha de decir basta al turismo? ¿Cómo controlarlo sin dañar la imagen de la isla ni nuestra única industria?
Los cuatro millones de turistas exigen cada vez más: hay que pagar por importar comida y bebidas y a partir de ahora tendremos que pagar (y mucho) por deshacernos de la basura en cualquiera de sus estados. Enviar los lodos a Valencia saldrá por unos 800.000 euros. Y parece la mejor solución.
No es cierto que la isla se haya reconvertido en un centro de turismo selectivo, con pocos turistas y de una gran capacidad de gasto. Es pura fantasía. Las Pitiusas viven del turismo de masas, muy abrasivo y gran derrochador de recursos. Dejan toneladas de fecales que habrá que sacar de la isla en barcazas y que enriquecen a los valencianos. Esperemos que no los destinen a la huerta.
Lo que ya nos está alarmando es el aumento progresivo de estas cifras, aun sabiendo que son turistas prestados por la crisis global del Mediterráneo. ¿Los ibicencos no tienen nada que decir sobre esta cuestión?
Mientras, en Ibiza nos quedamos con los 300.000 turistas diarios, que llegan mediante estas 8,5 millones de plazas ofertadas por las compañías áereas para 2016. Cifras que nos retrotraen al recuerdo del aeropuerto de es Codolar, cuando se accedía directamente a los aviones caminando por la pista. Hoy somos uno de los aeropuertos más concurridos y rentables de toda Europa.

Podemos elegir este invierno entre tratar nuestros récords o nuestros recuerdos, o quizás ambos porque habrá que tomar decisiones.