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sábado, diciembre 17, 2016

Invierno en Ibiza

La Cartuja de Valldemossa (Mallorca)
Un invierno en Mallorca, el de 1837 y 1838, puede ser una idea disparatada. Lo fue para George Sand (Jorge Arena), sus dos niños y su amante, el pianista Chopin. El compositor tenía que recuperar su salud en los aires puros mallorquines, pero nadie esperaba que fuera un invierno tan crudo en clima y tan cruel en las relaciones humanas. Encima, estando en Valldemossa, casi recluidos en la cartuja, un médico de la isla le diagnosticó una tuberculosis considerable. No olvidemos que faltaban al menos cien años para que se inventara el antibiótico. La estreptomicina era mano de santo para recuperar los pulmones, o lo era hasta que una nueva cepa de bacteria resistente aconseja otros tratamientos.
Ya sabemos que hoy los mallorquines de la campiña se han civilizado, pero entonces le hicieron varias trastadas a los prototuristas. Ella vestía pantalones y fumaba, todo lo cual escandalizaba a la concurrencia, pero era habitual en toda Europa que las mujeres escritoras firmaran con un pseudónimo masculino. Como nuestra Fernán Caballero en España, por ejemplo.
Ignoro lo que habría pasado si en vez de elegir Mallorca se hubieran quedado en una casa aislada en las Marrades de Curona. Las comunicaciones no eran fáciles en Mallorca y lo eran mucho menos en Ibiza, pero seguro que hubiera escrito otro tipo de memorias.
Hoy en día, sé que no pocos músicos y escritores se esconden en silenciosas y frías casas de nuestro invierno. Pero no suelen avisar ni decirlo a nadie. Es una de las gracias que perduran: si tú quieres rehuir la marabunta, aún quedan sitios donde nadie vendrá a buscarte ni a venderte una conexión a internet. Esto explica que nos enteremos de presencias memorables diez o treinta años después.
Me gusta el invierno, aun sabiendo que en Ibiza está muy agravado por las humedades gélidas, la falta de frecuencia en los autobuses, una soledad sonora que te deja clavado en tu agenda y... un rosario de actividades prescindibles, pero que en definitiva acabarán por atraer nuestra atención.
En lo personal, prefiero el fuego de leña en una chimena, la sobrasada torrada, un poco de botifarra y una buena bodega de vino tinto. Algunos libros y la música. Ya solo falta que nieve en los prados atiborrados de yerba. Y no lo descarto. Llevamos varios años de bienes, pero con una sequía atroz.
Alegría, el aire ya huele a navidad.

sábado, mayo 11, 2013

Camus, reencuentro en ibiza



En esta aparatosa sucesión de centenarios no podemos olvidar a nuestro Nobel Albert Camus, que nació en 1913 en Argelia. Pasó su infancia bajo la agria mirada de una abuela que se llamaba Cardona, pues provenía de Menorca. La abuelita repartía estopa sin misericordia y sólo apostaba por ellos una madre dulce, enfermiza, figura reverencial en la vida del escritor. «No les golpees en la cabeza». Aquellos primeros golpes no pudieron con su rebeldía, curtida bajo el sol, en el mar de la bahía y en el barrio penoso de Belcourt (sa Penya de Argel). Perdió a su padre muy temprano, en la I Guerra Mundial. Pocos años, pero Camus le dedicó un libro emotivo que leí con fruición, ´El primer hombre´, cuyo único manuscrito fue rescatado en el accidente de coche que acabó con su vida en 1960.
Su biografía es la mejor novela e Ibiza no es para nada distante ni ajena. Primero, porque aquel niño se relacionó con otros muchos hijos de inmigrantes ibicencos, y aprovechó el cariño y la dedicación que le prestó un maestro que vio en él un naciente talento en bruto. De niño ya oía hablar el ibicenco o el mallorquín. Cuando pudo, a los 22 años, tomó un barco y se dirigió a Mallorca. Y de allí a Ibiza. Acompañado de su explosiva esposa, un bellezón, Simone Hié, intentó regalarse dos semanas de oxigenante soledad. La necesitaba para él desesperadamente, para recuperarse de una fuerte crisis de tuberculosis –para la que todavía no existían los antibióticos– y también para su alocada esposa, que sufría una penosa adicción a la morfina y en Argel solo podía acceder a ella acostándose con quien pudiera costeársela.
La estancia en Ibiza tuvo que escocerle, en sus achaques, en sus peleas y en su propia formulación interior y con el paso de los días se le iban clarificando sensaciones y pensamientos confusos y contradictorios. Ataques de melancolía, las dudas del joven (al volver a Argel se inscribiría en el Partido Comunista, del que fue expulsado dos años después, como es lógico) y la oscura ansiedad de una evidencia: el amor es inabarcable, no tiene límites y de sus fosas oscuras solo se sale con disciplina y con renuncia. Despojamiento. Admiraba esta cualidad en el hombre mediterráneo. Y toda su vida la practicó.
Escribió estos relatos entre 1935 y 1936 y se editaron al año siguiente en una edición muy corta. Tardó mucho Camus en autorizar su reimpresión. No es que no le gustara, es que encontraba muy torpes sus formas. Quizás tenga razón. Pero él mismo ya lo escribió: todo lo que hay que saber, todo lo que sé de la vida, ya lo sabía en estas páginas.
Camus descubrió otra cosa en Ibiza: su pertenencia al mundo arcaico y preislámico. No escapó a su agudeza. Por diferentes vías y en distinta época yo he llegado a la misma conclusión que él: el mundo bereber y la Ibiza arcaica guardan profundas relaciones, que nadie ha investigado en serio. En 1952 emprende una excursión para visitar los pueblos del Sahel para investigar sobre sus antepasados. Alguien algún día escribirá esta tesis y será maravillosa. Yo lo dejo aquí, nació hace cien años. Su hija Catherine lo repite: «Siempre se sintió muy español». Léanlo.

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También
Camus en Ibiza

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sábado, enero 15, 2011

La violenta saga de la Cueva del Humo





Veo que la curiosa y extraordinaria saga que narra las incursiones de Sigurd en el Mediterráneo y en concreto en Formentera, sigue despertando pasiones. Dudo mucho de que nadie pueda encontrar algo parecido a restos de un tesoro formado por ajuares, joyas y metales preciosos.
De manera que quien quiera perder el tiempo que siga buscando.
Pero la historia en sí misma es un ejemplo paradigmático de estas narraciones orales que todavía hoy entusiasman a los islandeses (Islandia fue colonizada por los noruegos o mejor dicho, poblada, durante el siglo X y comienzos del XI).
A los islandeses contemporáneos la televisión no les ha borrado su interés por las sagas, bien sean de carácter histórico o de carácter mitológico. Adoran los elfos, las historias imaginativas. Quién lo diría en un paisaje tan extraño, gélido, pero poblado por las aguas calientes de los manantiales y por numerosos volcanes, aparte de una jornada diurna casi eterna.
Una de estas sagas transcurre en Formentera, en la Mola, en la Cueva del Humo. Es más, probablemente toma el nombre este topónimo de la gran humareda que se cuenta en la historia.
Como los jovencitos no la habrán escuchado en ninguna parte (ya la cuento en al menos dos libros míos, pero también están agotados) y muchos de los nuevos residentes no tendrán idea, ahora mismo la resumo.
En el año 1108 eran habituales las incursiones piráticas de los vikingos por las orillas del Mediterráneo. Iban cobrando motines y los guardaban en sitio seguro hasta que llegaba el momento de subir a Noruega o a Islandia (según procedencia) atiborrados de material. Tuvo que suceder que Sigurd oyera hablar de las fabulosas riquezas de los moros de Ibiza, muchos de los cuales también se dedicaban a la piratería, como en realidad hacía casi todo el mundo que podía. Se decía que guardaban enormes riquezas en el interior de una costa escarpada en la Pitiusa menor, Formentera.
El problema es que nadie en su sano juicio podía enfrentarse a aquellos sarracenos, armados hasta los dientes y con una innegable ventaja estratégica: la cueva estaba en la parte superior de un acantilado. Todavía está. Se puede subir por arriba y no de otro modo.
¿Y no de otro modo? Los vikingos hicieron un tanteo desde el mar, pero los moros se burlaban con los gestos, sintiéndose seguros en aquella enorme gruta, además defendida por un muro de entrada. Imposible subir escalando a pecho descubierto.
Sigurd mandó subir caminando por es Caló hasta la Mola y eso son varios kilómetros cuesta arriba. Acarreaban un bote ligero, pero un bote al fin y al cabo. El mismo que usaron como plataforma. Lo arriaron desde arriba hasta estar en la altura de la entrada. Acribillaron a los guardianes y el resto se escondió en el interior de la gruta. Craso error. Los vikingos prendieron una gran hoguera que llenó la cueva de humo y asfixió a los dueños del tesoro. Un tesoro que cambió de manos con esta estratagema

miércoles, septiembre 15, 2010

Animar el bosque para salvar Ibiza



Wenceslao Fernández Flórez fue un narrador gallego, autor de unos cuarenta libros. Como nació en 1885 en La Coruña puede decirse que vivió la parte más creativa de su vida bajo el franquismo, lo cual no le impidió desarrollar un demostrado talento y unas dotes de humor y para la sátira dignas de elogio. Una de sus obras, no precisamente de las más conocidas, es 'El bosque animado', de la cual se han hecho al menos tres adaptaciones para el cine. Memorable en mi opinión la de José Luis Cuerda (1987) con ayuda del zumbón Rafael Azcona. Cada vez que pienso en los bosques de mi infancia me viene a la memoria esta película, con sus personajes entrañables, pobres, ricos, desalmados, pícaros, agricultores, comadronas, niños... toda la vida transcurría cerca y dentro de los bosques. Ni siquiera eran temibles en nuestra infancia, más bien acogedores, eso sí tomando las prevenciones necesarias para no perderse o mejor para no desorientarse. La novela es tierna, es amable y es triste quizás porque la escribió en 1943 en unos años atroces donde –en Ibiza y en toda España– se llegó a pasar hambre.
Recuerdo al pobre Alfredo Landa, cansado de ser bueno, que decide convertirse en un salteador, Fendetiestas, pero no lo consigue porque todo el mundo le reconoce, le riñe y le da una limosna o algo parecido. Pero ¿cuál es el trasfondo que me quedó grabado? Eso, que el bosque estaba vivo porque estaba habitado, y ahora me refiero a Ibiza. No sólo daba cobijo a toda suerte de pájaros, sino a las ginetas, las martas, las liebres (y algún conejo doméstico asilvestrado), perdices, erizos, cabras, gatos, perros y un sinfín de lagartijas y otros bichejos.
Los bosques de Ibiza no sufrían incendios y paradójicamente del bosque sobresalían fumarolas, porque estaban habitados en una medida humana, por caminantes y carros que acarreaban leña o carbón, o simplemente iban de paso de una casa a la otra. El bosque era de propiedad privada pero en cualquier caso era de uso público. No me consta que el dueño negara que un payés se hiciera una sitja (silo de carbón vegetal) para su uso o incluso vendiendo el sobrante. Es posible que el dueño se alegrara de que alguien esponjara un poco tanta vegetación.
No es que unas decenas de payeses haciendo carbón vayan a salvar ahora a la isla, ni tampoco unos rebaños de cien cabras. Pero por ahí está la solución, una de tantas soluciones. Y ello es así porque el bosque es generoso y estas cantidades colosales de biomasa podrían rentabilizarse, creando cientos y quizás miles de puestos de trabajo. Ya sé que no es lo mismo que trabajar de guapo en una discoteca, pero a la larga sería más divertido y más productivo para todos.
Me refiero por una parte a talar la madera y organizar una estructura para conseguir carbón de pino, pero por otra usar directamente la biomasa residual seca para conseguir energía. No hace falta lanzarse como locos ahora a encargar informes millonarios, para darse cuenta de que Ibiza no tiene pozos de petróleo, pero tiene montañas enteras llenas de masa vegetal que es energía pura.
¿He dicho mil empleos creados desde la nada? Pueden multiplicarlo por dos si se consiguiera cerrar el ciclo, es decir, reforestar, cortar y reconvertir. Por ejemplo.

miércoles, abril 28, 2010

Camus en Ibiza


De todo el siglo XX, me gustaría recuperar un viaje a la Ibiza de 1935 y posiblemente un mes cualquiera entre 1959 y 1965. Yo conocí de pleno y de forma transversal y privilegiada la Ibiza de 1968 en adelante, que ya era una Ibiza que se dirigía irremisiblemente hacia su derrota: turismo masivo, cemento y asfalto, o sea la gran solución final que ahora piden rematar los obcecados seis presidentes de la patronal.
Se dice que entonces Ibiza y Formentera eran un paraíso. Esto no es bueno, porque sabemos por experiencia que los paraísos son irrecuperables, no dejan dinero y desde luego no son socializables. De ahí que haya tanta gente dispuesta a cargárselos, cosa que consiguen fácilmente.
En 1935 vino a Ibiza un joven escritor que ganaría el Nobel apenas unas décadas más tarde, en 1957. Aquel argelino pied-noir tenía la sensibilidad a flor de piel, conocía el Mediterráneo y se sentía como en casa porque una de sus abuelas procedía de Menorca; se apellidaba Cardona, que es mi segundo apellido, de ahí que yo siempre reclame ante la desesperación de algunos, mi parentesco con Albert Camus. Con Sartre no, por favor.

Camus era demasiado agudo para no descubrir la profusión de ´cardonas´ en Ibiza, de la misma manera que descubrió la alegría de vivir y el fastuoso ritual del passeig, los interminables paseos en los andenes del puerto de cara al mar.
Sitúo al argelino en una isla ambientada y que recibía a numerosos extranjeros. A nadie sorprendería la presencia de un francés indagando curiosidades autóctonas.
No están muy claras las motivaciones del viaje iniciático, aunque se sabe que el Nobel siempre se sintió muy próximo a España y jamás dejó de manifestarlo. Y se sabe que su matrimonio o unión con la explosiva Simone le llevaba de cráneo y pensó en la posibilidad de sacarla de su círculo de amistades peligrosas que le suministraban la droga a cambio de favores.
Primero recorrieron Palma, una ciudad maravillosa pero no fue la que inspiró sus hermosas páginas 'Amor a la vida' o no lo fue en exclusiva. Los mallorquines tienen esta tendencia a olvidarse del matiz pitiuso, arte que tan bien dominan cuando les interesa. El gran golpe para los sentidos y para su inspiración fue Ibiza, la Ibiza púnica que él captó con elegancia al anotar el bullicio vital de las campesinas vestidas casi como las estatuillas púnicas.

De todos modos, fue el peor verano de su vida. Simone se estaba destrozando con la morfina y él mismo acababa de pasar una aguda crisis tuberculosa pulmonar. En Ibiza sólo había 67 coches, muchas ganas de progreso y una alegría mediterránea bajo el sol que tanto amaba Camus. Nadie suponía que faltaba menos de un año para comenzar una terrorífica guerra civil que llenaría Ibiza de sangre.
Estas consideraciones son unas simples reflexiones a vuelapluma para celebrar dos aniversarios. Hace 75 años de aquel viaje a Ibiza que tan bellas páginas dio a la humanidad. La segunda efemérides es más triste: Camus murió en un accidente de tráfico hace exactamente 50 años. Háganse un favor y lean a Camus.

sábado, noviembre 28, 2009

Nostradamus en Ibiza


No me gustaría que de éste ni de mi anterior artículo pudiera desprenderse que Nostradamus (1503-1566) no estuvo en Ibiza. Era occitano, del sur de Francia y cuando le quemaron la casa y tuvo serios problemas se volatilizó en el aire. Hay quien dice que viajó por el Mediterráneo. Si hoy es complicado, imaginemos en el siglo XVI, con un mar infestado de piratas y de peste bubónica. Europa perdió la mitad de su población. Pero no nos desanimemos. Si yo he escrito que Jesucristo estuvo o pudo haber estado en Ibiza, ¿cómo no iba a venir este judío errante y perseguido en la única parte donde no se perseguía a los judíos? Además, los ibicencos entonces éramos los buenos o sea los perseguidos, no como hoy que somos los malos que hemos descascarillado la isla y hemos masacrado el paisaje bíblico de la Ebusus eterna.
Pero Nostradamus vende mucho, así que no seré yo quien me desmienta. Porque esta vieja fantasía también es de mi cosecha, bien adobada con la tontería mayúscula de las corrientes. ¿Cómo alguien pudo tomarme jamás estas cosas en serio? Mucha gente, lo cual significa que los escritores y los periodistas no siempre controlamos el proceso comunicativo, ya no digo la propiedad de las empresas periodísticas. Si alguien escribe un ´Diccionario de Secretos´ se supone que debe incluir a modo enciclopédico buena parte de la sabiduría y de la cultura, aunque sea en registro mitológico, fantástico (las rondaies) o antropológico (follet, fameliar, barruguets). Que esto no es de verdad, que eso es inventado, que eso no existe. Como no existe la bobada de las corrientes. A menudo por aburrimiento o por ironía uno escribe estas frivolidades. Llega alguien que las reproduce y mucha gente empieza a creerlas. En 1974 había cientos de ibicencos que creían de verdad que detrás de sa Coniera (la Conejera de San Antonio Abad) existía una base sumergida de ovnis con extraterrestres. En Ibiza pueden medrar las serpientes y los alacranes, los barros son bastante guarros y la arcilla sirve para hacer jarrones; en las Pitiusas hay bichos venenosos y muchas plantas son letales. Las corrientes (en el mar o en el aire) son igual que en todas partes o peores pues más de la mitad del año el viento sopla de lebeche que es un viento insano procedente de África.
Entiéndase, pues, que una cosa es la biología, la física o la historia (basada en documentos escritos básicamente) y otra cosa son las fantasías, la literatura, la mitología, la etnografía y las tradiciones populares (muchas veces aberrantes).
Nostradamus pudo estar en Ibiza, pero jamás predijo nada. Yo creo que de ningún sitio. La interpretación de sus centurias es arbitraria y caprichosa, tanto puede significar una cosa como su contraria. Seamos serios, aunque es muy recomendable hacer bromas. Ahora mismo se promociona la película 2012 sobre el fin del mundo usando entre otros el nombre de Nostradamus. El final del mundo se ha pronosticado en todas las culturas miles de veces y esa es la única verdad: Ultima Multis, como decía el reloj de nuestra Catedral. Cada hora es la última para todos aquellos que mueren. Cada cual tiene su fin del mundo al menos una vez en la vida.
Por cierto, la fecha más probable para el Armaggedon o el Final es el año 3797, así que si los hoteleros habían pensado ahorrarse la remodelación de sus instalaciones ya pueden quitárselo de la cabeza. La vida sigue, aunque no siempre es un jardín de rosas ni falta que hace.
Diario de Ibiza