Mostrando entradas con la etiqueta folklore. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta folklore. Mostrar todas las entradas

miércoles, octubre 30, 2013

A cascar piñones

Tiempo de granadas, piñas, piñones, castañas, avellanas, almendras y otros frutos secos que ahora nos llegan directamente desde el cuerno de la abundancia de la China gracias a Mercadona y a otros magos del transporte.
Se acercan estos días otoñales, tan teñidos de nostalgia y de recuerdos intransferibles. Hay que cascar piñones durante la noche de Todos los Santos y hacerlo con generosidad, dejando como olvidadas unas cuantas nueces y frutos sobre las mesas, por si se acercan las ánimas de nuestros difuntos y quieren compartir el otoño con sus deudos más cercanos.
El catolicismo celebra estas fiestas de recogimiento y de visita a los camposantos con cierta solemnidad discreta. Pero los ibicencos, además de católicos, somos fenicios y no podemos renunciar al eco ancestral de nuestra mitología doméstica.
No solo los antiguos egipcios enterraban a sus muertos venerables con abundancia de comida, joyas y vestidos para la vida de ultratumba. Casi todos los pueblos precristianos conservan algún trazo referente a estos ritos que nos enlazan con la vida de ultratumba. En Grecia, sin ir más lejos, no era aceptado el enterramiento de un familiar sin depositar una moneda a mano, de uno a tres óbolos, incluso bajo la lengua, para entregar a Caronte para que ayudara al temible paso del río Aqueronte (no el río Estigia como algunos creen). De no hacerlo así, el alma del difunto quedaba varada penando errabunda por la ribera durante cien años, concluidos los cuales el barquero los pasaba sin pagar y ellos proseguían su viaje entre tinieblas para ajustar cuentas con su destino.
Había mucha gente haciendo cola, como en las entradas a nuestra discotecas. Caronte tenía muy mala leche y como era quien debía remar, maldecía a los gordos, a los que iba relegando para un próximo viaje, que podía tardar en producirse.
Roma también nos transfirió gran parte de estas creencias, sin menospreciar la presencia judía en Ibiza. Y por supuesto, la omnipresencia fenicia y cartaginesa.
Yo intuyo el poso fenicio en esta minuciosa cena que podía durar horas, martilleando sobre las nueces o los piñones. La trencada de pinyons es una arraigada tradición. El idioma ibicenco usa trencar en el sentido muy concreto de cascar, quebrar violentamente algo sólido y compacto.
Para romper, tenemos rompre. Así no cascas con la novia, sino que rompes con ella: vean cuán importante es conocer el ibicenco para no meter la pata ni ningún otro órgano fuera de lugar.
La familia cenaba de frutos secos, iba dejando granos sueltos sobre la mesa, y por supuesto, no se apagaban los candiles durante toda la noche, porque los familiares fallecidos son muertos, pero no ciegos, y necesitan luz para desgranar la granada o escoger las mejores nueces.
Los niños no nos levantábamos en toda la noche por si acaso nos tropezábamos con algún tío muerto o alguna abuela fallecida luchando con la dureza material de unas nueces. Se les rezaba y se les añoraba, pero siempre a una honorable distancia y con el estómago lleno.

sábado, marzo 30, 2013

Cencerradas

Cencerros de Grazalema, pero los hay en toda España

Cuando en Ibiza sonaron algunas cacerolas como recio instrumento musical de protesta me vino a la cabeza un pensamiento: «Una nueva aportación cultural de la izquierda y además muy adecuada para facilitar los recursos de la reflexión y el pensamiento».
Obviamente yo me estaba equivocando, porque en el origen geográfico de la cacerolada (Argentina, Uruguay) no encontramos lo que podríamos llamar por convención una ´izquierda´ en exclusiva. La cacerolada aúna en una síntesis final a la miseria y a los miserables más absolutos, víctimas sin duda del saqueo más cruel por parte de las clases dirigentes, sean justicialistas, peronistas o conservadoras. El ladrón no tiene ideología y es hongo que crece abundantemente donde quiera que las circunstancias le ofrecen las condiciones imprescindibles: poder, impunidad y descontrol.
Ahora nos llega de Montevideo y de Buenos Aires una modalidad (iba a a escribir nueva, pero no lo es) muy contagiosa: el escrache. En Chile le llaman funa, en Perú se conoce por roche.
Digamos la verdad: en España, una parte del país puso de manifiesto su brutal violencia con lo que se ha ido conociendo por kale borroka. Las adacolaus y algunos anarquistas pretenden atemperar el calificativo y se irritan si se les recuerda que esta delictiva actividad está tipificada en el Código Penal y constituye delito con agravantes evidentes.
Aznar cortó de raíz esta ocupación violenta de las calles en lo que se llamó eufemísticamente ´terrorismo de baja intensidad´. No tan baja.
Retuercen la ley y la lógica, aprovechándose del drama humano que constituye un desahucio, aunque curiosamente este impulso de bondad cristiana solo les ha empezado a afectar cuando gobierna el PP y no cuando han visto que al menos seis millones de españoles perdieron el puesto de trabajo. Muy burdo.
Incluso en el País Vasco los escraches irán –leo hoy– dirigidos contra Barreda y Basagoiti, pero no contra quienes gobiernan o han gobernado el País Vasco: IU, PNV, Bildu, PSOE, etc.
En fin, la conclusión es transparente: en general, son los mismos –a veces muy bien subvencionados– que estuvieron en el 15-M o en los actos vandálicos de okupas que arrasaron la zona de Gracia en Barcelona durante años con total impunidad, bajo la mirada complaciente del tripartit.
Ellos no lo saben, pero este acoso a personas y cosas es muy antigua. En Ibiza teníamos la cencerrada, contra aquellos viudos que volvían a casarse y las empaiades (empajadas, de paja). Hace unos meses se hizo una empaiada a un cargo político del PP de Formentera. Bueno, las cencerradas solían acabar en sangre, motivo por el cual las prohibió Carlos III (siglo XVIII). Ahora regresa esta porquería y el Partido Popular, con mayoría absoluta, se queda silbando, hasta que ocurra alguna desgracia irreparable.

sábado, agosto 25, 2012

Guerra y paz en Corona


Foto vía Ibiza-Blog


Corona en el meu record. Memòria d'una altra Eivissa, de Pepita Brullas Tarragó y Vicent Marí Costa (coordinador) es un documento de tipo memorialístico y periodístico que ha editado Mediterrània. Lleva un emotivo prólogo de Neus Torres Costa.

En 1935 comienza la historia, en un año en que vinieron muchos viajeros, en gran parte, gente que estando en Mallorca fue avisada para no caer por la isla de Ibiza, donde habitaba una gente salvaje, que usaba cuchillas con facilidad y que vivía con cientos de años de retraso. Así nos trataban o nos consideraban los mallorquines, en general. De hecho, no les faltaba razón en algunas cosas. Cuando el matrimonio Brullas atraca en Ibiza, llevan con ellos a su hijo, 11 años, y a su hija de 9. Será ésta, Pepita Brullas Tarragó, quien nos cuente la historia.

En principio llegan a Vila, pero buscan un taxista valiente que les suba por el camino de carro hasta Santa Inés o Corona (¿llamado así por el rosario de montañas que coronan el valle repleto de almendros?). Su sorpresa es mayúscula cuando se encuentran con unos habitantes próximos, afectuosos, que se desviven para que aquella familia catalana pase unos días felices. La generosidad fenicia, mediterránea les desarma, de tal forma que quedarán prendados y decididos a compartir sus vidas. Aquella familia catalana es cristiana, católica, que practica la caridad y quedan asombrados del comportamiento de los fenicios milenarios.

También existen catalanes modestos que no van por la vida corrigiendo e interpolando con sus pesados ´vull dir´, ´això es diu així´ y con aires de impostada superioridad. Los Brullas sacan fotos de todo, aprenden de un mundo arcaico y novedoso, las costumbres (pesca, cocina, sa vetlada, matanzas, etc.) y las distancias.

El año siguiente, 1936, volvían a estar en Ibiza cuando se enteran con varios días de retraso de que los rojos han desembarcado y que están haciendo mucho daño, saqueando y, lo que es peor para aquella familia cristiana, robando las piezas de valor y quemando retablos, mobiliario y asesinando a los sacerdotes. Pepita Tarragó parece que tuvo una gran ascendencia para salvar al párroco de Santa Inés: lo vistieron de paisano y lo escondieron, así como todas aquellas piezas sagradas que pudieron enterrar apresuradamente en un pajar que caía a desmano.

Como María Teresa León en Ibiza, la brava catalana se enfrentó a los milicianos sedientos de sangre y de fuego, aconsejándoles que no quemaran nada. Su diatriba surtió efecto, pero al día siguiente volvieron y dejaron el maderamen de la iglesia convertido en plena tea encendida.
Su admirable actitud, su rectitud, su solidaridad con los coroners tiene un episodio oscuro que no queda claro en estas memorias: la destrucción parcial de la maravillosa cueva S'Avenc des Pouàs (más adelante sería excavada por los paleontólogos), ubicada en una finca que adquirieron.

La propia Pepita probablemente ignore siempre lo que pasó, pero sigue en línea con la aciaga conducta de algunos catalanes a la hora de meter sus manos en nuestra arqueología: temprano empezó Santiago Rusiñol a escarbar a lo bestia en es Puig des Molins, con ayuda de algunos ´prohombres´ ibicencos, todo hay que decirlo; más adelante, la cueva de Tanit en es Cuieram probó la dinamita, según mis informes gracias a un catalán que usaba un nombre aristocrático. Etc.
Comprenderán que haya disfrutado de un ameno viaje en barco. Acabé el libro en el tren. Si les gusta saber cosas de Ibiza se lo recomiendo, pero solo está editado en catalán.